Bosnia da el último adiós a 10 víctimas del genocidio de Srebrenica, 31 años después

Los ataúdes de 10 víctimas del genocidio de Srebrenica llegan a Potočari
Los ataúdes de 10 víctimas del genocidio de Srebrenica llegan a Potočari

Restos de diez víctimas identificadas del genocidio de Srebrenica perpetrado en 1995 fueron trasladados al Cementerio Memorial de Potočari en Bosnia y Herzegovina para recibir sepultura durante las ceremonias que conmemoran el 31.º aniversario de la peor masacre ocurrida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Familiares, sobrevivientes, autoridades y cientos de ciudadanos acompañaron el cortejo fúnebre desde Sarajevo hasta el memorial, en una despedida marcada por el dolor de quienes esperaron décadas para recuperar apenas fragmentos de los cuerpos de sus seres queridos.

Los ataúdes, cubiertos con las tradicionales mortajas verdes que simbolizan el entierro musulmán, recorrieron las calles de Sarajevo bajo escolta policial antes de dirigirse a Potočari, donde permanecerían durante la noche en la antigua fábrica de baterías que sirvió como base del contingente neerlandés de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas durante la guerra. La ceremonia representa un momento profundamente simbólico para las familias, que durante años buscaron respuestas entre fosas comunes, análisis forenses y procesos de identificación mediante ADN.

Cada entierro no solo devuelve un nombre a una víctima del genocidio, sino que también recuerda que miles de familias continúan esperando justicia, verdad y la posibilidad de cerrar un duelo que jamás debió prolongarse durante más de tres décadas.

Una despedida que llega después de décadas de búsqueda

El cortejo fúnebre inició su recorrido desde la ciudad de Visoko y atravesó Sarajevo, donde el convoy hizo una parada frente al edificio de la Presidencia de Bosnia y Herzegovina. Allí, funcionarios públicos, sobrevivientes y ciudadanos depositaron flores sobre los vehículos que transportaban los ataúdes mientras ofrecían oraciones por las víctimas.

Antes de abandonar la capital bosnia, la caravana también se detuvo en dos lugares profundamente ligados a la memoria de la guerra: el Memorial de los Niños Asesinados durante el Sitio de Sarajevo y el mercado de Markale, escenario de dos de las masacres más recordadas del conflicto entre 1992 y 1995. Ambos espacios simbolizan el sufrimiento de una población civil atrapada entre el asedio, los bombardeos y la limpieza étnica.

Las diez personas que serán enterradas este año fueron identificadas tras largos procesos forenses. En muchos casos, sus familias solo pudieron recuperar pequeños fragmentos óseos debido a que los responsables trasladaron los cadáveres entre diferentes fosas comunes para ocultar las evidencias del crimen. La víctima más joven era Senad Jušić, asesinado con apenas 20 años, mientras que la mayor era Ramo Dautović, de 56 años.

«No enterramos únicamente restos humanos; enterramos décadas de espera, de búsqueda y de un dolor que nunca abandonó a las familias. Cada nombre recuperado es también una victoria de la memoria frente a quienes intentaron borrar la verdad.»

Genocidio de Srebrenica: El genocidio que el mundo prometió impedir

El 11 de julio de 1995, las fuerzas serbobosnias comandadas por el criminal de guerra condenado Ratko Mladić ocuparon Srebrenica, una ciudad que había sido declarada «zona segura» por Naciones Unidas. Miles de civiles bosnios musulmanes habían buscado refugio bajo la protección del contingente neerlandés desplegado por la ONU.

Sin embargo, aquella protección nunca llegó. Mientras mujeres, niñas y niños fueron expulsados hacia territorio controlado por el Gobierno bosnio, al menos 8.372 hombres y niños bosnios musulmanes fueron separados de sus familias, ejecutados sistemáticamente y enterrados en fosas comunes. Posteriormente, muchos de esos cuerpos fueron trasladados varias veces con maquinaria pesada para dificultar su identificación y ocultar la magnitud del crimen.

En 2007, la Corte Internacional de Justicia confirmó que las matanzas cometidas en Srebrenica constituyeron un genocidio, respaldando las conclusiones alcanzadas previamente por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia. Aquella decisión estableció un precedente jurídico fundamental para el derecho internacional, al reconocer oficialmente la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico y religioso.

Desde el final de la guerra, Bosnia y Herzegovina ha convertido el 11 de julio en una jornada dedicada a devolver la identidad a quienes fueron asesinados. Cada año, nuevas víctimas identificadas mediante pruebas de ADN reciben sepultura en el Memorial de Potočari, donde ya descansan 6.772 personas, mientras otras 250 fueron enterradas en cementerios locales por decisión de sus familias.

No obstante, el proceso está lejos de concluir. Más de 1.000 víctimas permanecen desaparecidas, y los equipos forenses continúan localizando restos humanos en fosas comunes dispersas por distintas regiones del país. Hasta ahora se han recuperado restos en alrededor de 150 lugares, incluidos 77 enterramientos colectivos, una evidencia de la magnitud del esfuerzo realizado para ocultar el genocidio.

La persistencia de estas búsquedas demuestra que el paso del tiempo no extingue las consecuencias de los crímenes masivos. Para miles de familias, el duelo continúa suspendido entre la esperanza de encontrar un hueso, una prenda o cualquier indicio que permita despedirse dignamente.

Al mismo tiempo, organizaciones de derechos humanos alertan sobre el crecimiento de discursos que relativizan o niegan el genocidio, así como la glorificación de algunos de sus responsables. Estas narrativas no solo hieren a los sobrevivientes, sino que representan un riesgo para la construcción de una paz basada en la verdad, la justicia y la rendición de cuentas.

La justicia no termina con las sentencias

Las condenas internacionales contra varios responsables del genocidio constituyeron un paso importante, pero insuficiente frente a la dimensión del sufrimiento provocado. La justicia penal castiga a individuos; la memoria colectiva busca impedir que las sociedades repitan los mismos mecanismos de odio, discriminación y violencia.

Cada ataúd cubierto por una mortaja verde recuerda que detrás de las cifras existían personas con familias, proyectos y vidas que fueron arrebatadas por una política de exterminio basada en la identidad étnica y religiosa. También recuerda el fracaso de una comunidad internacional que no logró proteger a quienes habían depositado su confianza en una zona declarada segura.

Treinta y un años después, Srebrenica continúa interpelando a la conciencia mundial. Mientras haya familias esperando recuperar a sus desaparecidos y existan voces que pretendan borrar o distorsionar la historia, la memoria seguirá siendo una forma indispensable de resistencia.

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