Cientos de sobrevivientes y familiares se reunieron en Sinjar para conmemorar el duodécimo aniversario del genocidio yazidí perpetrado por ISIS que inicio el 3 de agosto de 2014. Con fotografías de sus seres queridos asesinados y desaparecidos, honraron a las víctimas y renovaron su exigencia de verdad, justicia y reparación.
Lo que ocurrió el 3 de agosto de 2014 no fue un episodio aislado de violencia ni un daño colateral de la guerra en Irak. Fue una campaña sistemática de exterminio dirigida contra una minoría religiosa cuya existencia fue considerada incompatible con la ideología extremista del Estado Islámico. La Organización de las Naciones Unidas calificó estos crímenes como un genocidio, al documentar asesinatos masivos, esclavitud sexual, desapariciones forzadas, conversiones obligadas y el reclutamiento de niños para ser adoctrinados como combatientes.
Doce años después, el recuerdo permanece abierto porque las consecuencias del genocidio siguen presentes en la vida cotidiana de miles de familias. Para ellas, la conmemoración no representa únicamente un acto de memoria, sino una exigencia permanente de verdad, justicia y reparación.
La herida de Sinjar continúa abierta
Cuando los combatientes del Estado Islámico irrumpieron en Sinjar, en el norte de Irak, miles de hombres fueron ejecutados tras negarse a abandonar su fe. Mujeres y niñas fueron secuestradas para ser sometidas a un sistema organizado de esclavitud sexual, mientras niños fueron separados de sus familias y utilizados en procesos de adoctrinamiento armado.
Alrededor de 360.000 personas huyeron de sus hogares en cuestión de días. Decenas de miles quedaron atrapadas en el Monte Sinjar, rodeadas por los combatientes y sin acceso a agua ni alimentos bajo temperaturas extremas. Muchas sobrevivieron únicamente gracias a los corredores humanitarios abiertos posteriormente por fuerzas kurdas y organizaciones internacionales.
Aunque el control territorial del Estado Islámico terminó años después, la destrucción material y humana continúa marcando a la región. Según organizaciones yazidíes, aproximadamente 2.600 personas permanecen desaparecidas y miles de familias siguen viviendo en campamentos de desplazados porque las condiciones de seguridad y reconstrucción aún no permiten un retorno digno.
Mujeres sobrevivientes del genocidio yazidí y comunidades que siguen esperando reparación
En el marco del aniversario, la Organización Beth Nahrain para las Mujeres (BNOW) recordó que el genocidio dejó profundas secuelas físicas, psicológicas y sociales, especialmente entre las mujeres y niñas yazidíes que sobrevivieron a la esclavitud impuesta por ISIS.
La organización cuestionó que, después de más de una década, la rendición de cuentas siga siendo insuficiente y que numerosas familias permanezcan en campamentos como Khanke y Sharya, lejos de las comunidades donde vivieron durante generaciones.
«La dignidad humana nunca debe ser rehén de intereses políticos.»
— Organización Beth Nahrain para las Mujeres (BNOW).
BNOW sostuvo que recordar el genocidio no basta si los responsables continúan impunes y si miles de personas desconocen todavía el destino de sus familiares desaparecidos. Además, instó tanto al gobierno iraquí como a la comunidad internacional a acelerar la reconstrucción de Sinjar, garantizar servicios básicos, fortalecer el acompañamiento psicológico para los sobrevivientes y crear condiciones reales para un retorno voluntario, seguro y digno.
La experiencia de las mujeres yazidíes simboliza uno de los capítulos más brutales de la violencia sexual utilizada como arma de guerra durante el conflicto con el Estado Islámico. Muchas lograron escapar después de años de cautiverio; otras siguen desaparecidas y sus familias continúan buscándolas doce años después.
Una deuda pendiente con las minorías de Irak
Las consecuencias de la ofensiva del Estado Islámico no afectaron únicamente a la población yazidí. La Unión Siríaca Europea (ESU) recordó que pocos días después, el 6 de agosto de 2014, las comunidades siríacas, caldeas y asirias de las llanuras de Nínive también fueron obligadas a abandonar ciudades donde habían habitado durante siglos.
La organización advirtió que la reconstrucción de estas regiones continúa siendo lenta y desigual, mientras persisten problemas de seguridad, disputas políticas y una limitada presencia del Estado. Para numerosas familias, regresar implica enfrentar viviendas destruidas, infraestructura insuficiente y un futuro marcado por la incertidumbre.
A ello se suma un contexto regional que mantiene viva la preocupación entre las minorías religiosas del norte de Irak. Diversos líderes comunitarios advierten que el discurso de odio y la fragilidad institucional pueden favorecer nuevas formas de persecución si no existen mecanismos eficaces de protección y justicia.
El genocidio yazidí no terminó únicamente cuando cesaron los combates. Sus efectos persisten en las familias que buscan a sus desaparecidos, en las mujeres que reconstruyen su vida después de la violencia sexual, en los niños que crecieron lejos de su comunidad y en los pueblos que aún esperan ser reconstruidos.
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