Los Óscar terminaron. Pero la historia de Hind Rajab sigue exigiendo justicia

Ilustración sobre Hind Rajab: niña palestina dentro de un vehículo en Gaza observa un tanque israelí, símbolo de la violencia contra civiles durante el conflicto.
Hind Rajab no solo fue víctima de la violencia. Su historia también fue puesta en duda.

La campaña contra La voz de Hind Rajab revela cómo las narrativas sobre mujeres y niñas palestinas siguen siendo cuestionadas, incluso cuando documentan la violencia y hay mucha evidencia.

Los premios terminaron, las alfombras rojas se desmontaron y Hollywood volvió a su rutina de celebraciones y discursos cuidadosamente medidos. Pero hay historias que no se apagan con el cierre de la temporada de premios. La de Hind Rajab, una niña palestina de seis años asesinada en Gaza, sigue ahí, incomodando, resistiendo, exigiendo justicia. Y, sobre todo, revelando algo más profundo: no solo la violencia que terminó con su vida, sino la maquinaria que se activa cuando alguien intenta contarla.

La voz de Hind Rajab, la pelicula-documental que reconstruye sus últimas horas y la fallida operación de rescate de la Media Luna Roja Palestina, no solo tuvo que competir por un premio. Tuvo que defender su propia legitimidad frente a una campaña de desprestigio que acompañó toda la temporada de premios.

Lo que ocurrió es parte de un patrón más amplio en el que las narrativas palestinas, y en particular aquellas que visibilizan la violencia contra mujeres y niñas, son sistemáticamente puestas en duda. Un grupo de profesionales de la industria del entretenimiento, vinculados a organizaciones proisraelíes como Creative Community for Peace, impulsó una estrategia para desacreditar la película, calificándola de “propaganda” y “manipulación”. Bajo el discurso de ser una organización “apolítica”, este tipo de iniciativas operan, en realidad, como mecanismos de control narrativo: no buscan abrir debate, sino definir qué versiones de la realidad son aceptables y cuáles deben ser descartadas.

El caso de Hind Rajab es especialmente incómodo porque rompe con la deshumanización que suele acompañar a las víctimas palestinas. No es una cifra ni una estadística. Es una niña con nombre, con voz, con miedo. Durante horas, pidió ayuda por teléfono mientras permanecía atrapada entre los restos de un ataque que ya había matado a su familia. Los paramédicos que intentaron rescatarla también fueron asesinados. Los hechos están documentados, reconstruidos y verificados. Sin embargo, incluso ante esta evidencia, la respuesta no fue el reconocimiento del horror, sino el intento de sembrar dudas. Como si la violencia necesitara ser constantemente probada cuando las víctimas no encajan en la narrativa dominante.

No todas las vidas son tratadas de la misma manera en el espacio mediático global. No todas las muertes generan la misma empatía. Las mujeres y niñas palestinas, en particular, quedan atrapadas en una doble invisibilización: por su condición de género y por su ubicación geopolítica. Sus historias no solo deben ser contadas, sino justificadas. Su dolor no solo debe ser reconocido, sino validado frente a un tribunal informal de opinión pública que cuestiona su veracidad. En este sentido, la campaña contra La voz de Hind Rajab no es únicamente un ataque a una película, sino a la posibilidad misma de que estas historias existan sin ser inmediatamente desacreditadas.

El papel de Hollywood en este proceso tampoco es menor. La industria que se presenta como defensora de la libertad de expresión y la diversidad de voces demuestra, una vez más, sus límites cuando las narrativas desafían estructuras de poder consolidadas. No es la primera vez que ocurre, ni será la última. Pero sí es particularmente revelador que incluso una producción respaldada por figuras influyentes no esté exenta de este tipo de ataques. Esto deja en evidencia que el problema no es quién cuenta la historia, sino qué historia se está contando. Y, sobre todo, a quién incomoda.

El silencio también se convierte en una forma de posicionamiento. No todas las voces dentro de la industria reaccionaron ante la campaña de desprestigio. No todas defendieron la legitimidad de la película. Y ese silencio, lejos de ser neutral, contribuye a reforzar el mismo sistema que permite que estas estrategias prosperen. Porque no solo se trata de quién habla, sino de quién decide no hacerlo.

Lo ocurrido con La voz de Hind Rajab también obliga a replantear la relación entre cultura y poder. El cine no es solo entretenimiento. Es memoria, narrativa, construcción de sentido. Y precisamente por eso, se convierte en un terreno de disputa. Controlar las historias implica, en gran medida, controlar la forma en que entendemos el mundo. Cuando una historia como la de Hind logra abrirse paso, aunque sea parcialmente, la reacción no se limita a la crítica artística: se activa una respuesta política.

Las implicaciones de este caso van más allá de una temporada de premios. Lo que está en juego es la historia de las víctimas de ser reconocidas como sujetas de memoria. De existir en el relato global sin ser reducidas, cuestionadas o instrumentalizadas. En ese sentido, la derrota de la película en los Óscar no es el punto central. Lo verdaderamente relevante es el contexto en el que esa derrota ocurre.

La historia de Hind Rajab no necesita una estatuilla para ser legítima. Pero sí necesita ser contada, escuchada y preservada frente a los intentos de borrarla. Recordarla es, en sí mismo, un acto político. Un acto que desafía la deshumanización, que rompe con el silencio y que cuestiona las jerarquías de dolor que siguen operando a nivel global.

Porque mientras una historia tenga que defender su derecho a existir antes de ser escuchada, el problema nunca será la historia. Será el sistema que decide qué vidas importan y cuáles pueden ser puestas en duda.

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