Nuevo ciclo escolar, aulas incompletas en Afganistán

niña afgana con libros frente a una escuela en Afganistán donde solo niños reciben clases, reflejando la exclusión de las niñas
Afganistán enfrenta una crisis de derechos humanos donde millones de niñas siguen excluidas de la educación tras la prohibición impuesta por los talibanes.

Cinco años después de la prohibición talibán, millones de niñas siguen fuera de las aulas en una crisis que ya no solo es educativa, sino política, estructural y peligrosamente tolerada.

Las aulas se han vuelto a abrir en Afganistán. Hay escritorios ocupados, libros abiertos, rutinas que regresan. Pero esa imagen está incompleta. Falta una parte esencial: las niñas. Por quinto año consecutivo, el sistema educativo afgano inicia sin ellas más allá del sexto grado, consolidando una de las formas más sistemáticas de exclusión de género en el mundo actual.

Lo que comenzó como una supuesta medida “temporal” bajo argumentos de ajustes a la ley islámica y la “cultura afgana”, se ha convertido en una política sostenida de control social. Desde marzo de 2022, cuando los talibanes revirtieron su promesa de reabrir las escuelas secundarias para niñas, la educación dejó de ser un derecho para convertirse en una frontera. Hoy, más de 2,2 millones de niñas están fuera del sistema educativo, según estimaciones de UNICEF.

Pero reducir esta crisis a cifras es insuficiente. Ya que falta contar cuantas mujeres universitarias no han podido continuar con sus estudios. Lo que está en juego no es solo el acceso a la escuela, sino el derecho a construir una vida.

Arzoo, una estudiante de Kabul, lo dice sin rodeos: “Queremos volver a la escuela”. No es una consigna política, es una demanda básica. Sin embargo, en el Afganistán actual, incluso ese deseo se percibe como una amenaza. Madina, que intentó continuar su educación en línea, reconoce que nada reemplaza el espacio escolar. Y Sonam, que soñaba con ser médica, comienza a renunciar a ese futuro. Así, la prohibición no solo excluye: reconfigura los sueños, limita las posibilidades y redefine lo que una niña puede imaginar para sí misma. Historias de muchas menores más que no conocemos.

Para entender la profundidad de esta medida, es necesario ir más allá de la narrativa de “tradición” o “religión”. Lo que se impone es una estructura de poder que utiliza el control del conocimiento como herramienta de dominación. La educación representa autonomía, pensamiento crítico y participación social. Negarla no es casual. Es funcional.

Aprender, para muchas niñas afganas, también se ha vuelto un acto clandestino. Algunas mienten sobre su edad para permanecer un poco más dentro del sistema antes de ser expulsadas. Otras acceden únicamente a contenidos limitados, bajo vigilancia, dentro de un esquema que no busca educar, sino controlar. El problema ya no es solo quién puede ir a la escuela, sino qué se les permite saber. No es educación incompleta. Es administración del conocimiento. Es decidir quién puede pensar y quién no.

Mientras tanto, fuera de Afganistán, la respuesta internacional oscila entre la condena y la pasividad. Se repiten declaraciones, se acumulan informes, se pronuncian discursos. Pero las niñas siguen fuera de las aulas. El relator especial de la ONU ha calificado la situación como “inaceptable”. Sin embargo, la inacción prolongada convierte esa inaceptabilidad en rutina.

Y ese es el verdadero punto de quiebre.

El problema ya no es solo la prohibición. Es que el mundo ha aprendido a convivir con ella. Gobiernos que condenan en público, pero mantienen relaciones sin exigir garantías para las mujeres. Políticas migratorias que cierran puertas a estudiantes afganas. Procesos de asilo que se vuelven inaccesibles. Programas de protección que se reducen. No es solo indiferencia. Es una decisión política sobre qué crisis merecen urgencia y cuáles pueden esperar.

A medida que el tiempo pasa, la exclusión deja de ser noticia. Se diluye. Se normaliza. Pero para las niñas afganas, el tiempo no es abstracto. Son años perdidos, trayectorias interrumpidas, futuros cancelados antes de comenzar. Organizaciones de derechos humanos han advertido que esta situación incrementa el riesgo de matrimonios forzados, pobreza estructural y dependencia económica. Pero incluso eso no alcanza a explicar lo esencial: el derecho a aprender no necesita justificación. Es un derecho humano.

En medio de este escenario, persisten formas de resistencia. Niñas que estudian en secreto. Familias que intentan sostener el aprendizaje en casa. Grupos de estudios clandestinos y redes informales que desafían, desde lo cotidiano, una prohibición estructural. No son suficientes, porque no deberían tener que serlo, pero existen. Y en su existencia hay una afirmación clara: el deseo de aprender no ha sido derrotado.

Afganistán ha comenzado un nuevo año escolar. Pero no para todas.

Esto no es cultura.
No es tradición.
No es religión.

Es poder sostenido por el silencio global

Y mientras el mundo lo tolere, seguirá ocurriendo.

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