Agricultoras afganas mantienen con su trabajo diario la supervivencia de una aldea en la remota provincia de Nuristán, en el noreste de Afganistán, donde decenas de mujeres continúan sembrando, cultivando y cosechando alimentos pese a las restricciones impuestas por el régimen talibán. Mientras el país atraviesa una de las peores crisis humanitarias de su historia reciente y millones de personas dependen de ayuda internacional, ellas sostienen la seguridad alimentaria de sus familias y de toda su comunidad, demostrando que el trabajo agrícola femenino continúa siendo indispensable incluso cuando permanece invisibilizado.
Entre montañas que durante casi medio año quedan aisladas por la nieve, las jornadas comienzan antes del amanecer. Allí, cultivar trigo, maíz, frijoles o patatas no representa únicamente una actividad económica, sino una estrategia de supervivencia frente al hambre, la pobreza y el abandono estatal. Sin embargo, el reconocimiento social e institucional hacia estas mujeres afganas continúa siendo insuficiente, mientras sus derechos siguen siendo restringidos en otros ámbitos fundamentales como la educación, el empleo y la participación pública.
Uno de los pocos espacios
Desde el regreso de los talibanes al poder en agosto de 2021, las mujeres afganas han sido excluidas progresivamente de la vida pública mediante decretos que les impiden acceder a la educación secundaria y universitaria, trabajar en la mayoría de las instituciones y participar plenamente en la sociedad. No obstante, la agricultura continúa siendo una de las pocas actividades que muchas mujeres pueden desempeñar, principalmente porque forma parte de una organización tradicional del trabajo en las zonas rurales.
En aldeas como Ishtiwi, las labores agrícolas se transmiten de generación en generación. Muchas mujeres comenzaron a trabajar la tierra desde la infancia junto a sus madres y hoy son responsables de sembrar, deshierbar, regar y cosechar los alimentos que sostienen a sus hogares. Mientras tanto, los hombres suelen encargarse del arado, el cuidado del ganado y la recolección de leña para afrontar los largos inviernos que aíslan completamente a la comunidad.
«Cuando cosechamos trigo, frijoles, papas y maíz en los campos durante el otoño y los llevamos de regreso a casa, nos sentimos felices.», relata Habiba a AFP, agricultora de Nuristán que ha trabajado la tierra desde los ocho años.
La seguridad alimentaria depende de un trabajo históricamente invisibilizado
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) declaró 2026 como el Año Internacional de la Mujer Agricultora con el objetivo de reconocer la contribución de millones de mujeres rurales a la producción de alimentos. Para las agricultoras afganas, este reconocimiento adquiere una dimensión particularmente urgente.
De acuerdo con datos de Naciones Unidas, cerca de un tercio de la población afgana necesita asistencia alimentaria de emergencia. En ese contexto, el trabajo de las mujeres resulta determinante para evitar que numerosas comunidades rurales enfrenten una inseguridad alimentaria aún más grave.
Paradójicamente, aunque las agricultoras afganas producen buena parte de los alimentos consumidos en sus hogares, siguen teniendo un acceso muy limitado a maquinaria agrícola, financiamiento, mercados y recursos productivos. Muchas dependen de herramientas tradicionales que incrementan el desgaste físico y reducen su capacidad de producción, mientras los ingresos obtenidos apenas alcanzan para cubrir las necesidades básicas.
La situación también evidencia una contradicción estructural: el mismo régimen que restringe sistemáticamente los derechos de las mujeres depende, en gran medida, de su trabajo silencioso para garantizar la alimentación de miles de familias rurales.
Cambio climático, aislamiento y desigualdad agravan la crisis
A las limitaciones políticas se suma un desafío que afecta cada vez con mayor intensidad a las comunidades agrícolas: el cambio climático. Afganistán figura entre los países que menos han contribuido al calentamiento global, pero que experimentan algunas de sus consecuencias más severas.
Las lluvias irregulares, las nevadas impredecibles, las inundaciones repentinas y las sequías reducen las cosechas y aumentan la incertidumbre de quienes dependen exclusivamente de la tierra para sobrevivir. En regiones montañosas como Nuristán, donde las vías de comunicación son escasas, vender los excedentes agrícolas también representa un enorme desafío.
Muchas agricultoras afganas deben aceptar precios extremadamente bajos debido a la ausencia de mercados organizados y a la dificultad para transportar sus productos hacia otras localidades. Aunque programas impulsados por Naciones Unidas han permitido construir almacenes, distribuir semillas mejoradas e introducir sistemas de agrosilvicultura que diversifican la producción, estas iniciativas continúan siendo insuficientes frente a la magnitud de las necesidades existentes.
El futuro de las agricultoras afganas
Mientras las madres trabajan durante horas bajo el sol, muchas niñas todavía pueden asistir a la escuela primaria en sus aldeas. Sin embargo, ese derecho tiene fecha de caducidad. Al cumplir aproximadamente 12 años, la mayoría deberá abandonar sus estudios debido a las prohibiciones impuestas por el régimen talibán sobre la educación femenina.
Esta exclusión no solo vulnera derechos fundamentales, sino que también compromete el futuro agrícola del país. Sin educación, acceso a tecnología y oportunidades económicas, las nuevas generaciones de mujeres enfrentarán mayores obstáculos para innovar, adaptarse al cambio climático y fortalecer la producción alimentaria.
Las agricultoras afganas nos recuerdan que la seguridad alimentaria no depende únicamente de políticas públicas o de ayuda internacional, sino también del esfuerzo cotidiano de mujeres que, pese a la exclusión institucional, continúan sembrando alimentos para sostener a sus comunidades.
Reconocer su trabajo implica mucho más que valorar su aporte económico. Significa exigir el respeto pleno de sus derechos, garantizar su acceso a la educación, fortalecer su autonomía y eliminar las barreras que las mantienen relegadas pese a ser pilares fundamentales de la supervivencia rural. Porque ninguna sociedad puede aspirar a un futuro digno mientras quienes alimentan a su población siguen siendo privadas de derechos básicos.
En Mujer Azadi e Historiente creemos que las vidas de las mujeres afganas importan y que sus historias merecen ser escuchadas.
Información AFP
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