Las mujeres congoleñas, en primera línea del actual brote de ébola
Las mujeres representan la mayoría de los contagios durante el actual brote de ébola en la República Democrática del Congo debido a las tareas de cuidado, la atención sanitaria y los rituales funerarios

El actual brote de ébola en la República Democrática del Congo ha dejado al descubierto una de las desigualdades más persistentes, su impacto desproporcionado sobre las mujeres congoleñas. Desde que las autoridades sanitarias declararon oficialmente la emergencia el 15 de mayo de 2026, las mujeres han representado la mayoría de los contagios porque continúan asumiendo las principales tareas de cuidado de familiares enfermos, además de desempeñarse como enfermeras, parteras y responsables de los rituales funerarios.

Mientras la epidemia se expande principalmente por la provincia de Ituri y alcanza también Kivu del Norte, Kivu del Sur, Haut-Uélé y Tshopo, las organizaciones humanitarias advierten de que la respuesta sanitaria no puede limitarse al tratamiento médico si ignora las desigualdades de género que aumentan la exposición al virus.

El actual brote, catalogado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional, se ha convertido en uno de los de propagación más acelerada registrados en el país. Más de 2,100 personas han sido contagiadas y al menos 828 han fallecido, mientras la variante Bundibugyo, responsable de esta emergencia, continúa representando un desafío adicional debido a que todavía no existen vacunas ni tratamientos específicos aprobados para combatirla.

Sin embargo, detrás de las cifras existe una realidad que suele permanecer invisibilizada: el virus no afecta por igual a toda la población. La distribución de los cuidados, profundamente marcada por normas sociales y desigualdades históricas, convierte a las mujeres en quienes enfrentan el mayor peligro.

Las tareas de cuidado colocan a las mujeres congoleñas en la primera línea del contagio

Durante cada brote de ébola registrado en África Central y Occidental, las mujeres han resultado desproporcionadamente afectadas. La historia vuelve a repetirse en la República Democrática del Congo. Datos de organismos internacionales muestran que ellas representan más del 54 % de los contagios generales, mientras que entre las adolescentes superan el 61 % de los casos confirmados.

La explicación no responde a factores biológicos, sino sociales. En numerosas comunidades de Ituri y North Kivu, son las mujeres congoleñas quienes alimentan, bañan y lavan la ropa de familiares enfermos dentro del hogar, muchas veces sin guantes, mascarillas o equipos de protección personal. También constituyen la mayor parte del personal de enfermería, partería y atención comunitaria en zonas rurales, donde los recursos sanitarios son escasos y el riesgo de exposición aumenta cada día.

A ello se suma una práctica profundamente arraigada en distintas comunidades: las mujeres congoleñas suelen preparar los cuerpos de las personas fallecidas para los funerales, una de las actividades con mayor riesgo de transmisión del virus. De esta manera, el ébola sigue las rutas del cuidado y del trabajo doméstico, reproduciendo desigualdades preexistentes.

«Ella es la única familia que me queda. No puedo abandonarla», relató Aline Kasiwa, una mujer de 28 años de Bunia que continúa cuidando a su madre enferma pese al temor constante de contagiarse, al no contar con más protección que una mascarilla sencilla.

La crisis sanitaria también profundiza la desigualdad de género

El impacto del brote va mucho más allá del contagio directo. La emergencia está debilitando servicios esenciales para la salud de las mujeres, especialmente durante el embarazo.

Las autoridades sanitarias y organizaciones internacionales advierten que muchas embarazadas han dejado de acudir a consultas prenatales por miedo a contraer el virus en hospitales o centros médicos. Este fenómeno incrementa el riesgo de complicaciones obstétricas y mortalidad materna, mientras que la infección por ébola durante el embarazo puede elevar considerablemente la probabilidad de fallecimiento de la madre y provoca tasas extremadamente altas de pérdida fetal.

Paralelamente, el desvío de recursos médicos hacia la atención exclusiva del brote ha reducido el acceso a servicios ginecológicos y reproductivos. En regiones afectadas por décadas de conflicto armado, donde la infraestructura sanitaria ya era limitada, esta situación amenaza con agravar una crisis humanitaria que trasciende al virus.

Las restricciones de movilidad también golpean de forma desproporcionada a las mujeres congoleñas. Gran parte de ellas obtiene ingresos mediante la agricultura familiar, el comercio informal o los mercados transfronterizos. Los cierres y controles epidemiológicos han reducido esas actividades económicas, incrementando la inseguridad alimentaria y la dependencia económica de miles de hogares encabezados por mujeres.

Además, organismos especializados han alertado sobre un aumento de la violencia basada en género durante los periodos de cuarentena y desplazamiento forzado, especialmente en zonas donde persisten enfrentamientos entre grupos armados.

Sin protección suficiente, las mujeres también lideran la respuesta comunitaria

Paradójicamente, quienes enfrentan mayor riesgo también sostienen buena parte de la respuesta frente a la epidemia.

Organizaciones como CARE fortalecen los sistemas locales de salud mediante la capacitación de trabajadoras comunitarias, el apoyo a servicios de salud materna y campañas de prevención orientadas a reducir la transmisión del virus dentro de las comunidades.

Por su parte, Women for Women International impulsa una estrategia centrada en las necesidades específicas de mujeres y niñas. La organización distribuye artículos de higiene, equipos básicos de protección, información confiable sobre el ébola y habilita espacios seguros que garantizan privacidad, atención sensible al género y acceso a insumos para la higiene menstrual.

No obstante, las necesidades siguen superando ampliamente la capacidad de respuesta. Personal médico en Bunia ha denunciado la falta de guantes, mascarillas y trajes protectores, incluso para quienes reciben diariamente pacientes con síntomas compatibles con el virus. Esa precariedad expone tanto a profesionales de la salud como a las familias que continúan atendiendo enfermos dentro de sus hogares.

La situación se vuelve aún más compleja debido a la inseguridad persistente en el este de la República Democrática del Congo. La presencia de grupos armados, las dificultades de acceso por el deterioro de las carreteras y la desconfianza hacia las autoridades sanitarias dificultan el rastreo de contactos, el aislamiento oportuno y las campañas de información.

Especialistas coinciden en que ningún tratamiento será suficiente si las comunidades no confían en las instituciones y si las mujeres —quienes sostienen el cuidado cotidiano— continúan enfrentando la epidemia sin información, protección ni recursos adecuados.

Una respuesta con perspectiva de género es una obligación de derechos humanos

El brote de ébola en la República Democrática del Congo demuestra que las epidemias nunca son neutrales. Los virus pueden afectar a cualquier persona, pero las desigualdades sociales determinan quiénes se exponen primero, quiénes reciben atención y quiénes cargan con el peso del cuidado cuando los sistemas sanitarios colapsan.

Mientras miles de mujeres arriesgan su propia vida para proteger a sus familias y mantener funcionando la atención comunitaria, resulta indispensable que la respuesta internacional incorpore una perspectiva de género real: acceso prioritario a equipos de protección, fortalecimiento de la salud materna, apoyo económico para las cuidadoras y participación efectiva de las mujeres en la toma de decisiones.

Ignorar estas desigualdades significa permitir que la próxima emergencia vuelva a reproducir el mismo patrón de exclusión.

Para más noticias sobre el Congo, da click aquí

WhatsApp
Facebook
Twitter
LinkedIn