El próximo 22 de junio se escribirá un capítulo histórico de resistencia en Inglaterra. El Equipo Femenino de Refugiadas Afganas, integrado por deportistas que formaron parte de la selección nacional antes de huir del país en 2021, regresará a las canchas en una gira internacional. Tras años de exclusión, las jugadoras buscan recuperar su lugar en el deporte mundial, desafiar el apartheid de género del régimen talibán y defender su derecho inalienable a participar en igualdad de condiciones.
El regreso de las mujeres afganas a las canchas
Cuando los talibanes retomaron el poder en Afganistán en agosto de 2021, las mujeres fueron excluidas progresivamente de la educación, el empleo, la vida pública y el deporte. Entre ellas estaban las integrantes de la selección femenina de críquet, un proyecto que apenas comenzaba a consolidarse cuando las nuevas restricciones les impidieron continuar compitiendo en su propia tierra.
A causa de las amenazas, muchos de los jugadores lograron escapar del país y se establecieron principalmente en Australia. Desde el exilio continuaron practicando crítica y participando en competiciones nacionales, pero sin la posibilidad de representar oficialmente a Afganistán en torneos internacionales.
La Junta de Críquet de Inglaterra y Gales (ECB) anunció que esta gira histórica contempla partidos de formato Twenty20 , sesiones de entrenamiento y la asistencia a la final de la Copa Mundial Femenina T20 en Lord’s el 5 de julio. Sin embargo, el regreso tiene una importante limitación política: las jugadoras no competirán bajo la bandera oficial de Afganistán ni como selección nacional reconocida por el Consejo Internacional de Críquet (ICC). Aunque eran profesionales contratadas antes del retorno talibán, hoy las instituciones corporativas solo las reconocen bajo el estatus de refugiadas.
La lucha por el reconocimiento: El precedente de la FIFA
Para los deportistas, volver al críquet internacional representa mucho más que una oportunidad deportiva; se trata de una reivindicación frente a las políticas que intentaron borrarlas de los espacios públicos. La exjugadora internacional australiana Mel Jones, quien ha acompañado al equipo a través de la consultora “It’s Game On” , destacó que los atletas han demostrado una “valentía y un compromiso extraordinarios” pese a todo lo que les fue arrebatado.
Entre las voces más visibles del equipo se encuentra la guardameta Benafsha Hashimi, quien abandonó Afganistán a los 18 años. Desde Australia, continúa impulsando una campaña para que la CPI rompa su silencio burocrático:
“Queremos ser reconocidos, queremos que se respeten nuestros derechos, queremos jugar como los demás equipos”, afirmó Hashimi.
El deportista exige que el organismo rector del críquet siga el precedente de la FIFA, que en abril aprobó los mecanismos para que los futbolistas afganos desplazados puedan competir internacionalmente como selección en el exilio, sin depender de las autoridades talibanas.
La lucha de Hashimi comenzó mucho antes del exilio, enfrentando barreras familiares en una sociedad patriarcal: «Cuando firmé el contrato no podía creerlo. Había luchado mucho para conseguirlo. Entonces llegaron los talibanes», recordó con crudeza.
Más que críquet: Denuncia a la complicidad internacional
La comunidad internacional del críquet continúa enfrentándose a duros cuestionamientos éticos. La ICC mantiene la membresía plena y el financiamiento de la Junta de Críquet de Afganistán (controlada por los talibanes), a pesar de que el país incumple la norma de tener una selección femenina activa. Aunque el organismo creó un fondo de apoyo temporal para las refugiadas que expira en agosto, los deportistas siguen esperando una solución permanente que deje de priorizar los intereses económicos por encima de los derechos humanos.
Para estas mujeres, vestir el uniforme es una respuesta política a quienes intentaron confinarlas al olvido. Su presencia en Inglaterra desafía la exclusión y recuerda al mundo que el acceso de las mujeres al deporte es una cuestión de soberanía y libertad.
Mientras continúan exigiendo justicia, las jugadoras afganas mantienen viva la esperanza de recuperar su bandera. Hasta entonces, competirán como refugiadas, pero con la convicción inquebrantable.
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