Adiós a Marjane Satrapi, la tinta rebelde que se volvió eterna

Ilustración basada en la novela gráfica Persépolis de Marjane Satrapi, que muestra a la pequeña Marjane siendo detenida por la policia de la moral. "Marjane is not ded"
Ilustración inspirada en la novela gráfica Persépolis de Marjane Satrapi, que muestra a la pequeña Marjane siendo detenida por la policia de la moral. "Marjane is not ded"

Dibujar la exigencia de libertad para las mujeres iraníes en blanco y negro.

Marjane Satrapi ha muerto a los 56 años. Los titulares de todo el mundo la despiden como la autora de Persépolis , la novelista gráfica que revolucionó el cómic autobiográfico, la cineasta nominada al Óscar o la intelectual franco-iraní que conquistó el mundo con dibujos en blanco y negro. Pero reducir a Marjane Satrapi a una artista sería insuficiente. Fue mucho más que eso.

Fue una de las voces más incómodas para el régimen iraní y una de las mujeres que mejor explicó al mundo cómo inicia y funciona la opresión cuando se disfraza de cultura, tradición, religión o moral pública. Su muerte no representa solo la pérdida de una creadora excepcional; representa la partida de una mujer extraordinaria que dedicó su vida a desmontar las mentiras con las que el poder intenta controlar a las mujeres.

Una mujer que vivió y nos enseñó a vivir con una intensidad que no reprime emociones ni sentimientos. Marjane sintió todo con tal hondura que sus obras son evidencia de ello. Desde pequeña, en Persépolis , nos comparte cómo habitó esa intensidad, sin reprimirse. Y con su muerte podríamos confirmar que hasta el último día fue fiel a sí misma: su familia anunció que falleció de tristeza a causa de la pérdida de su compañero y amor de su vida, Mattias Ripa, hace apenas un año.

Pero aquí hay algo que los titulares sensacionalistas no van a explicar: la tristeza no es solo una emoción. En las mujeres que viven al límite, que no se callan, que resisten desde el exilio y la militancia, la tristeza se vuelca en el organismo. El cerebro, el corazón, el sistema nervioso: todo paga el precio de una vida entregada a la lucha.

Marjane no murió de un «desamor» pasivo, como suponen muchos medios en sus titulares para rascar visitas; murió porque su cuerpo, después de décadas de cargar con la memoria de la revolución traicionada, la represión, el exilio, la discriminación y el duelo, simplemente no pudo más. Y eso no es una derrota. Es la consecuencia física de haber vivido con la intensidad de quien nunca se doblegó.

Muchas mujeres militantes, exiliadas, refugiadas y activistas pasan por ese mismo proceso. Lo sabemos quiénes hemos visto a nuestras madres, abuelas, hermanas o compañeras enfermar después de años de resistencia. El cuerpo guarda lo que la boca no puede decir. El cerebro colapsa cuando el dolor se acumula ya no cabe. Los medios internacionales lo llaman «morir de tristeza» como si fuera una rareza exótica, una burla o una debilidad romántica, deslizando comentarios sobre cómo una persona tan fuerte terminó por rendirse. Pero nosotras, las mujeres que militamos, sabemos que ese diagnóstico no es extraño: es estructural, es político. No es falta de coraje, sino exceso de él.

No es una derrota ni mucho menos una rendición por parte de una mujer que jamás se reprimió.

Marjane Satrapi vivió luchando, escribiendo, dibujando y denunciando. Su legado es de resistencia. Reducir su memoria a una fábula lacrimógena o a una revictimización es un ejercicio de amnesia colonial; un intento por encasillar como débil a una mujer a la que no se le permite ser fuerte, aun cuando toda su vida fue un ejemplo de fortaleza. Porque Marjane no murió de tristeza como quien se apaga sin más: murió con la misma intensidad con la que vivió. Y esa intensidad, en sus últimos meses, tuvo la forma del duelo; pero antes tuvo la forma de la rebeldía, del dibujo, de la palabra contra el régimen y del feminismo sin concesiones.

No somos nadie para recriminarle cómo vivió su vida, cómo sintió la pérdida de su gran amor.

Marjane Satrapi: La niña que sobrevivió a una revolución

Nacida en Rasht en 1969 y criada en Teherán, Marjane perteneció a una generación marcada por la Revolución Islámica de 1979. Su familia había apoyado inicialmente la caída de la monarquía del Sha —como hicieron muchos sectores progresistas iraníes—, cansados ​​de una dictadura. Sin embargo, el entusiasmo revolucionario pronto se convirtió en engaño: el nuevo régimen instauró una teocracia que restringió las libertades, persiguió opositores y convirtió los cuerpos de las mujeres en un campo de batalla política.

Al no reprimirse y cuestionarlo todo mientras crecía, su familia optó por enviarla a estudiar a Viena, temiendo que la arrestaran después de que refutara en clase las mentiras de una profesora sobre los abusos del régimen. En el exilio descubrió la mirada ignorante que Occidente proyecta sobre los iraníes. Se sintió aislada, traicionada, sufrió discriminación, terminó en la calle y contrajo una bronquitis que la llevó al borde de la muerte. Tras esto, decidió regresar a Irán después del fin de la guerra con Irak.

A su regreso enfrentó una fuerte depresión y por poco volvió a estar a punto de perder la vida, pero entró a la universidad, donde dio un discurso desafiando el doble discurso sexista en los foros sobre moral pública. Se casó, se divorció y decidió que debía salir definitivamente del país cuando un amigo suyo murió perseguido por las autoridades iraníes. Su madre le prohibió regresar para protegerla. Su abuela, de quien era sumamente cercana, falleció poco después de su partida. Nunca volvió a ver a su familia y se estableció en Francia.

Mientras millones de personas en Occidente observaban a Irán a través de discursos oficiales, imágenes de guerra o prejuicios orientalistas, Marjane Satrapi mostró desde la distancia algo mucho más poderoso: la vida cotidiana de una niña que crecía entre bombardeos, prohibiciones, miedo y rebeldía. Cuando se publicó Persépolis en el año 2000, hizo algo revolucionario: humanizó a las y los iraníes. Mostró que detrás de las imágenes simplificadas de los noticieros había adolescentes escuchando música, familias discutiendo en la mesa, mujeres resistiéndose al velo impuesto y personas soñando con la libertad. Su mensaje era simple pero profundamente político: los iraníes no eran una caricatura exótica ni una amenaza para Occidente. Eran seres humanos.

El velo como instrumento de control

Con la resonancia internacional que cobró gracias a Persépolis y obras posteriores como Pollo con ciruelas o Bordados , Marjane consolidó una plataforma de crítica contra los gobiernos autoritarios y de defensa de los derechos de las mujeres. Pocas intelectuales en ese tiempo, explicaron con tanta claridad el significado geopolítico del velo obligatorio en Irán. Marjane insistió en que la discusión nunca fue una simple cuestión de vestimenta o religión. El problema no era una prenda de tela, sino el sistema de control construido a su alrededor. Denunció que el régimen iraní utilizaba el hiyab obligatorio como herramienta para regular la presencia de las mujeres en el espacio público y justificar su subordinación legal, económica y política.

Al mismo tiempo, defendió la libertad de elección. Aunque personalmente detestaba el velo impuesto por el Estado, sostuvo que ninguna mujer debía ser obligada a usarlo ni impedida de llevarlo. Para Marjane, la libertad significaba decidir sobre el propio cuerpo sin coerción estatal, religiosa o social. Esa postura la convirtió en una voz crítica tanto para el régimen iraní como para quienes en Occidente simplificaban las luchas de las mujeres iraníes desde la distancia. Frente a quienes pretendían encasillarla en ideologías de derechas o izquierdas para instrumentalizar o subestimar su mensaje, ella nunca se doblegó, desmarcándose siempre de movimientos islamófobos o racistas.

Mujer, Vida, Libertad

La muerte de Jina Mahsa Amini en septiembre de 2022 marcó profundamente a Marjane. La joven kurda-iraní fue asesinada bajo custodia de la llamada Policía de la Moral tras ser detenida por llevar mal colocado el hiyab, siendo golpeada hasta la muerte. Su feminicidio desencadenó una de las mayores protestas en la historia reciente de Irán y dio fuerza internacional al lema kurdo que se convertiría en símbolo global de resistencia: «Mujer, Vida, Libertad».

Marjane comprendió de inmediato la dimensión histórica de aquel movimiento. Mientras el régimen respondía con detenciones masivas, ejecuciones y represión, ella utilizó cada entrevista, conferencia y espacio público para amplificar las voces de las mujeres iraníes. En 2023 coordinó Mujer, Vida, Libertad , una obra colectiva que reunió a artistas, periodistas e investigadores para documentar las protestas y denunciar la violencia estatal. Llegó a definir aquellas movilizaciones como «la primera revolución feminista del mundo»: no porque solo participaran mujeres, sino porque las demandas de igualdad, autonomía y libertad impulsadas por ellas estaban cuestionando las bases mismas del sistema político iraní.

Una crítica incómoda para todos.

Nunca aceptó convertirse en una figura decorativa. Criticó al régimen iraní por su represión, pero también cuestionó la hipocresía de los gobiernos occidentales que proclamaban defensores de los derechos humanos mientras mantenían relaciones diplomáticas y comerciales cómodas con quienes los vulneraban. En 2025 rechazó la Legión de Honor francesa porque consideraba insuficiente el apoyo real de Francia a quienes luchaban por la democracia en Irán. Su posición era clara: la solidaridad no puede limitarse a discursos simbólicos cuando las personas se arriesgan a ir a la cárcel, a la tortura o a la muerte.

Por eso defendió a periodistas, activistas, artistas y presos políticos iraníes. Dedicó sus reconocimientos internacionales a quienes seguían resistiendo dentro del país. Y Continuó hablando cuando otros preferían guardar silencio.

El legado de una mujer libre

La importancia de Marjane Satrapi no radica únicamente en haber vendido millones de libros o en haber obtenido prestigiosos premios. Su verdadero legado consiste en haber abierto una ventana para que el mundo escuche a las mujeres iraníes. Generaciones enteras de lectores encontraron en sus páginas una explicación de sus propias experiencias. Mujeres exiliadas vieron reflejada su historia. Jóvenes iraníes descubrieron que sus luchas no estaban aisladas. Y millones de personas comprendieron que detrás de cada titular sobre Irán existían vidas complejas, contradictorias y profundamente humanas.

No pertenece Marjane a la intelectualidad complaciente. Pertenece a las niñas que en los años 80s estamparon un «el punk no está muerto» junto al hiyab obligatorio. A las adolescentes que vivían decepciones y luchaban por recordar sus orígenes en los 90s, escuchando en ese camino de crecimiento: «En la vida te encontrarás con muchos imbéciles. Si te hacen daño, convéncete de que es porque son estúpidos. Eso te ayudará a no reaccionar ante su crueldad». A las madres de los 2000s que veían a sus hermanas, madres, abuelas y compañeras a morir por sus libertades, sabiendo que «nada es peor que decir adiós, porque es un poco como morir» . A las abuelas que hoy quieren ser «justicia, amor e ira de Dios, todo en uno«. Y a todas las que sabemos que «se puede perdonar, pero nunca olvidar». Las historias de muchas mujeres que han dado su vida por los derechos de todas no se pueden olvidar.

Marjane solía decir que quizás no había cambiado el mundo, pero que al menos había despertado la curiosidad de algunas personas. Pero fue mucho más que eso. Ayudó a derribar muros de ignorancia. Combatió el racismo cultural. Desafió a una teocracia que basa parte de su poder en controlar a las mujeres. Y convirtió el arte y literatura en formas de resistencia. El que hoy vemos a mujeres con o sin hiyab en Irán recuperando sus espacios públicos es por ellas; nadie les regaló sus libertades: han luchado por generaciones para recuperarlas.

Hoy, cuando tantas mujeres siguen enfrentando persecución por reclamar derechos básicos, la obra de Marjane Satrapi permanece como un acto permanente de insumisión. Porque los regímenes pueden encarcelar activistas, censurar libros y reprimir protestas. Pero son incapaces de borrar las historias que ya han sido contadas. Y Marjane Satrapi contó una de las más importantes de nuestro tiempo.

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