Ser parte de la comunidad LGBTIQ+ aún puede costar la vida

Sarah Hegazi, FannyAnn Eddy, Eudy Simelane, Anjana Harish y Hande Kader: mujeres de la comunidad LGBTIQ cuyas vidas interrumpidas revelan la violencia estructural en distintos rincones del mundo
Sarah Hegazi, FannyAnn Eddy, Eudy Simelane, Anjana Harish y Hande Kader: mujeres LGBTIQ+ cuyas vidas interrumpidas revelan la violencia estructural en distintos rincones del mundo.

Historias de mujeres que el Mes del Orgullo también debe recordar.

Casi se acaba el Mes del Orgullo, pero es necesario seguir mostrando historias de mujeres de la comunidad lgbtiq+. No es casualidad que sus nombres aparezcan siempre en notas aisladas, fragmentadas, como si cada una perteneciera a un caso distinto, desconectado del otro. Pero cuando se juntan las historias de Sarah Hegazi, FannyAnn Eddy, Eudy Simelane, Anjana Harish y Hande Kader, lo que aparece no es una suma de tragedias, sino un mapa: uno que atraviesa Egipto, Sierra Leona, Sudáfrica, India y Turquía, y que dibuja la misma violencia con distintos rostros.

Debo recalcar que son historias que elegí redactar, pero hay muchas más; el solo hecho de mostrar cinco no es nada.

Los titulares suelen despedirlas como víctimas, como estadísticas, como notas al pie de la historia global de los derechos humanos. Pero reducirlas a eso es insuficiente. Porque ninguna de ellas fue solo una historia de muerte. Todas fueron, antes que todo, mujeres que existieron en medio de sistemas que intentaron borrarlas.

Egipto, la cárcel invisible del cuerpo

Sarah Hegazi nació en 1989 y se formó como ingeniera en sistemas de información. Era parte de una generación marcada por la decepción posterior a la Revolución de 2011 en Egipto, cuando las esperanzas de cambio se transformaron en nuevas formas de control estatal.

En 2017 asistió a un concierto de la banda libanesa Mashrou’ Leila en El Cairo. Durante el evento levantó una bandera arcoíris, un gesto de afirmación identitaria que desencadenó su arresto inmediato. Fue detenida bajo cargos de “incitación a la indecencia” junto a otras personas asistentes.

Durante su encarcelamiento denunció haber sido golpeada y sometida a violencia física y psicológica. Tras su liberación, salió del país y solicitó asilo en Canadá, donde intentó reconstruir su vida mientras lidiaba con un fuerte estrés postraumático.

En junio de 2020 murió en Toronto. Su familia habló del impacto profundo del trauma y la pérdida emocional. Su carta final, ampliamente difundida, no fue una nota de escándalo, sino un testimonio de agotamiento extremo ante la violencia vivida. Su historia expone cómo la represión no termina con la salida del país: se instala en el cuerpo.

Sierra Leona, el silencio que no se investiga

FannyAnn Eddy nació en 1974 y creció entre desplazamientos forzados debido a la guerra civil. Esa experiencia temprana de violencia estructural marcó su trabajo posterior en defensa de derechos humanos.

En 2002 fundó la Asociación de Lesbianas y Gays de Sierra Leona (SLLGA), la primera organización formal de su tipo en el país. Desde allí documentó detenciones arbitrarias, acoso policial y violencia social contra personas LGBTIQ+, en un contexto donde la homosexualidad estaba fuertemente estigmatizada.

En 2004 viajó a Ginebra para intervenir ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, donde denunció públicamente la violencia sistemática contra la comunidad LGBTIQ+ en su país. Meses después, en septiembre de ese mismo año, fue asesinada en su oficina en Freetown tras un ataque violento.

Su asesinato nunca fue esclarecido de forma concluyente. El crimen dejó un mensaje claro: la visibilidad en contextos de impunidad puede convertirse en sentencia.

Sudáfrica, cuando el odio se disfraza de “corrección”

Eudy Simelane nació en 1977 en KwaThema. Fue futbolista de la selección nacional de Sudáfrica, entrenadora y una figura respetada en su comunidad deportiva.

Vivía abiertamente su orientación sexual en un entorno donde, pese a que Sudáfrica había avanzado legalmente en derechos LGBTIQ+, persistían fuertes violencias sociales. En 2008 fue atacada brutalmente tras salir de un bar cerca de su comunidad.

Su cuerpo fue hallado en un arroyo cercano a su hogar. El crimen incluyó agresión sexual y múltiples heridas. El caso fue clasificado como un acto de violencia de odio, vinculado a la práctica conocida como “violación correctiva”, una forma de violencia utilizada para intentar “castigar” o “cambiar” la orientación sexual de mujeres lesbianas.

El juicio posterior llevó a condenas de cadena perpetua para algunos de los responsables, pero la violencia estructural que permitió el crimen continúa siendo un problema documentado en el país.

Su historia expuso una contradicción profunda: la existencia de marcos legales progresistas no elimina automáticamente la violencia social.

India, la violencia que se llama “tratamiento”

Anjana Harish era una joven estudiante de Kerala. Tras revelar su orientación bisexual a su familia, fue sometida a prácticas de “terapia de conversión”, una práctica ampliamente condenada por organismos de salud mental internacionales.

Fue llevada a centros de desintoxicación y tratamiento psiquiátrico donde, según testimonios de su entorno, recibió medicación forzada y fue aislada sin consentimiento. Estas prácticas se han documentado en distintos casos en India como parte de un sistema de control familiar y médico sobre personas jóvenes LGBTIQ+.

Durante este periodo, Anjana publicó mensajes y videos denunciando la violencia ejercida contra ella. Como numerosas inyecciones que recibía para «curarla». Sus declaraciones describían encierro, coerción y un intento sistemático de “corregir” su identidad.

En 2020 murió en Goa en circunstancias que generaron debate público sobre la violencia estructural de las llamadas terapias de conversión. Organizaciones como Sahayatrika y activistas locales denunciaron que estos casos no son excepcionales, sino parte de un patrón más amplio de coerción familiar, médica y social.

Su historia visibiliza una forma de violencia menos visible, pero profundamente extendida: la que ocurre dentro del hogar y en instituciones de salud.

Turquía, la visibilidad trans como objetivo

Hande Kader nació en 1993 y se convirtió en una figura visible del movimiento LGBTIQ+ en Estambul tras participar en las marchas del Orgullo de 2015.

Su presencia en primera línea de las protestas contra la represión policial la convirtió en un símbolo mediático. Al mismo tiempo, su identidad trans la exponía a una violencia cotidiana ya documentada en Turquía por organizaciones de derechos humanos.

Trabajaba en la industria del sexo en un contexto de alta precarización y estigmatización. En agosto de 2016 fue reportada como desaparecida. Días después, su cuerpo fue encontrado en condiciones de extrema violencia en las afueras de Estambul.

Su asesinato generó indignación internacional, pero también evidenció la falta de protección institucional para mujeres trans en contextos donde la discriminación estructural limita el acceso a seguridad, justicia y reconocimiento legal.

Nombrarlas es seguir luchando

Las vidas de estas cinco mujeres muestran geografías distintas, pero estructuras similares: criminalización legal o social, violencia familiar, represión estatal, impunidad judicial y discursos culturales que justifican la exclusión.

Informes de organizaciones internacionales han documentado que la violencia contra personas LGBTIQ+ no se reduce a hechos individuales, sino que responde a patrones sostenidos de discriminación institucionalizada.

Sarah Hegazi, FannyAnn Eddy, Eudy Simelane, Anjana Harish y Hande Kader no representan solo historias de violencia, sino también de resistencia interrumpida.

Nombrarlas es insistir en que la memoria no es neutral. Es una disputa política contra el olvido, la simplificación y la indiferencia. Porque mientras existan la lesbofobia, la bifobia y la transfobia, estas historias no pertenecen al pasado: siguen hablando del presente.

Desde Mujer Azadi e Historiente, estas vidas no se archivan. Se sostienen. Se escriben otra vez.

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