Estrechar la mano del apartheid de género en el nombre del control migratorio
El corazón de la Unión Europea ha amanecido con una mancha imborrable. En una maniobra envuelta en secretismo y pragmatismo desalmado, la Comisión Europea y representantes de 15 Estados miembros se han reunido en Bruselas con una delegación oficial del régimen talibán, liderada por Abdul Qahar Balkhi. Es la primera vez desde caída de Kabul en agosto de 2021 que el bloque europeo recibe oficialmente a este grupo extremista.
La justificación oficial de Bruselas es un insulto a la inteligencia y a la memoria colectiva: se trata, según el portavoz Markus Lammert, de una «reunión puramente técnica» para coordinar las deportaciones de ciudadanos afganos sin derecho a permanecer en suelo europeo. Sin embargo, en el tablero de la geopolítica no existen los tecnicismos inocentes. Al sentar a los talibanes en una mesa de negociación para verificar identidades y emitir documentos de viaje, Europa les está otorgando un reconocimiento internacional por la puerta trasera.
El mensaje es nítido y devastador: para la fortaleza europea, el control migratorio y la obsesión por expulsar personas por parte de partidos de ultraderecha, esto vale mucho más que la vida, la dignidad y la libertad de millones de mujeres y niñas afganas.
Fronteras blindadas sobre los cuerpos de las mujeres
Este pacto de la infamia, impulsado por la presión de 20 países —liderados por Alemania y Bélgica—, refleja un endurecimiento cada vez más agresivo de las políticas migratorias europeas. Bajo el discurso oficial de «retornar a delincuentes o amenazas a la seguridad», Europa blanquea a un régimen teocrático con el objetivo de externalizar sus fronteras. Incluso el Gobierno alemán de Friedrich Merz ya ha pactado la entrada de funcionarios consulares talibanes en su territorio para acelerar este engranaje de expulsión, permitiendo hasta tres vuelos chárter al mes.
Analizar este escenario obliga a desmontar la hipocresía de las narrativas dominantes occidentales. Durante décadas de intervención militar, las potencias occidentales utilizaron la situación de las mujeres afganas como argumento moral para justificar su presencia en el país. Hoy, desprovistas de aquellos intereses estratégicos, muchas de esas mismas potencias no muestran reparos en establecer canales de cooperación con quienes han destruido de forma sistemática los derechos de esas mujeres.
Se trata de una violencia institucional que opera en varios niveles. Por un lado, se restringe el acceso al asilo de personas que huyen de la persecución. Por otro, se otorgan espacios de interlocución y legitimidad a un régimen que ha convertido la discriminación contra las mujeres en política de Estado. En este juego de intereses, las personas refugiadas son tratadas como piezas de negociación electoral mientras se ignora una realidad evidente: quienes sean devueltos a Afganistán podrían enfrentarse a represalias, persecución o graves violaciones de sus derechos fundamentales.
«Europa no debe legitimar un régimen responsable de una de las peores crisis de derechos humanos del mundo».
— Malala Yousafzai, Premio Nobel de la Paz.
Mujeres afganas: El eco de la resistencia frente al borrado absoluto
Resulta profundamente perturbador que la Comisión Europea intente minimizar la gravedad del encuentro destacando que en la delegación técnica europea participaban mujeres. ¿De qué sirve la paridad burocrática cuando se negocia con un régimen que ha expulsado a millones de niñas de las aulas, ha prohibido la educación secundaria femenina, persigue a las mujeres afganas por su forma de vestir y reprime cualquier expresión de disidencia?
Invitar a los talibanes y tratarlos como interlocutores válidos constituye una afrenta para las mujeres afganas que llevan años resistiendo la eliminación sistemática de sus derechos. Las voces de la resistencia han advertido que estas conversaciones socavan principios fundamentales de protección internacional. Los talibanes no buscan simples discusiones administrativas; buscan reconocimiento político y legitimidad internacional. Mientras tanto, Abdul Qahar Balkhi ya celebra el encuentro como una señal de «respeto mutuo» y un avance en las relaciones con Europa.
Negociar con los talibanes nunca es un acto neutral. Cada reunión oficial, cada canal diplomático abierto y cada acuerdo administrativo contribuyen a consolidar la imagen de un régimen como un actor legítimo dentro de la comunidad internacional. Y ese régimen es el mismo que prohibió la educación secundaria para las niñas, expulsó a las mujeres de las universidades y de numerosos espacios laborales, y redujo drásticamente su presencia en la vida pública mediante un entramado de restricciones y castigos.
La contradicción resulta aún más evidente cuando se observa que numerosos gobiernos y actores internacionales que cuestionaban los acercamientos diplomáticos de los talibanes con Rusia, India u otros países, hoy reproducen una lógica similar bajo el argumento de la gestión migratoria. Cambian las justificaciones, pero el resultado es el mismo: se negocia sobre Afganistán sin las mujeres afganas y se priorizan intereses políticos inmediatos por encima de los derechos fundamentales.
Durante años se prometió a las mujeres afganas que no serían abandonadas. Sin embargo, mientras ellas continúan resistiendo tanto la represión interna como la indiferencia internacional, las principales potencias optan por sentarse a dialogar con quienes han construido un sistema destinado a expulsarlas.
Las mujeres afganas no son una cuestión secundaria ni un asunto periférico dentro de la crisis afgana. Son el núcleo mismo de la emergencia de derechos humanos que vive el país. Ignorarlas en las negociaciones, o aceptar acuerdos que no exijan la restitución de sus libertades fundamentales, no constituye pragmatismo diplomático: es otra forma de violencia y exclusión.
Memoria frente a la traición: no seremos cómplices
El encuentro en Bruselas no puede leerse como un simple episodio técnico de gestión migratoria, sino como un síntoma más de la erosión de los principios que dicen sostener la política exterior europea. La Unión Europea ha traicionado los derechos humanos, los valores de protección internacional y a las mujeres que prometió defender.
No se puede combatir la barbarie pactando con ella bajo la mesa de un hotel en Bruselas para satisfacer intereses políticos inmediatos o presiones electorales que convierten la migración en un campo de disputa ideológica.
Hago un llamado urgente a la conciencia colectiva, a la memoria y a la movilización de la sociedad civil internacional. No podemos normalizar las relaciones con un régimen que niega derechos fundamentales a la mitad de su población. La historia no recordará esta reunión como un trámite administrativo, sino como un momento en el que Europa eligió la conveniencia por encima de la dignidad humana.
La solidaridad con las niñas y mujeres afganas debe ser absoluta. No son una nota al pie de la crisis, sino su centro más doloroso y urgente. Cualquier compromiso internacional con Afganistán debe comenzar y terminar con la restitución plena de sus derechos. Frente al borrado institucionalizado y la complicidad internacional, la respuesta debe ser una memoria implacable: se puede perdonar, pero nunca olvidar.
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