Mujeres iraníes participaron el pasado 18 de septiembre en una carrera de 10 kilómetros en el Parque Velayat de Teherán, muchas de ellas sin portar el hijab obligatorio. Tras difundirse videos del evento, la Fiscalía de la capital abrió un proceso judicial contra los organizadores y responsables de la carrera por un supuesto incumplimiento de las normas de vestimenta.
La Federación de Atletismo afirmó que la competencia contaba con los permisos necesarios y que las participantes habían recibido pañuelos y velos, además de firmar un compromiso para respetar las disposiciones sobre vestimenta. Sin embargo, varias decidieron correr sin cubrirse el cabello, mientras otras sí lo utilizaron.
Mujeres iraníes y una lucha que comenzó mucho antes de 2022
La lucha de las mujeres iraníes por las libertades sociales tiene una historia de más de un siglo y ha transformado la manera en que muchas de ellas ocupan el espacio público. Aunque el hijab es obligatorio en Irán, desde las protestas de 2022, conocidas como ‘Mujer, Vida, Libertad’, se ha vuelto cada vez más frecuente que algunas aparezcan públicamente con el cabello descubierto, mientras las autoridades mantienen el debate sobre cómo aplicar las normas.
Lo ocurrido en Teherán, por tanto, no puede reducirse a una disputa sobre una prenda. Para muchas mujeres iraníes, decidir si utilizan o no el velo forma parte de una lucha por la autonomía corporal, la libertad de expresión y el derecho a participar en la vida pública sin coerción estatal.
Mucho antes del movimiento ‘Mujer, Vida, Libertad’, las mujeres iraníes crearon asociaciones, escuelas y publicaciones, exigieron derechos políticos y cuestionaron las normas que restringían su autonomía. Durante la Revolución Constitucional, entre 1905 y 1911, ya existían organizaciones femeninas que reclamaban acceso a la educación y una mayor participación política.
La propia historia del velo demuestra cómo el cuerpo de las mujeres ha sido utilizado como espacio de disputa política. En 1936, Reza Shah Pahlavi prohibió su uso mediante una política de desvelamiento forzoso. La medida provocó rechazo entre mujeres que defendían su derecho a decidir sobre su propia vestimenta, tanto entre quienes utilizaban el velo como entre quienes no lo hacían.
Décadas después, las reformas impulsadas durante los años sesenta y setenta ampliaron algunos derechos de las mujeres, incluido el sufragio, pero esos cambios tampoco surgieron únicamente de decisiones tomadas desde el poder. Existía una larga presión social y una historia previa de organización femenina.
Después de la Revolución Islámica de 1979, las autoridades establecieron progresivamente la obligatoriedad del hijab. Las mujeres respondieron desde los primeros días y, el 8 de marzo de ese mismo año, miles salieron a las calles de Teherán para protestar contra la imposición y defender su autonomía.
La resistencia continuó mediante campañas legales, publicaciones feministas y movilizaciones. En 2006, la Campaña por un Millón de Firmas exigió reformas frente a leyes discriminatorias relacionadas con el matrimonio, el divorcio y otros derechos. A partir de 2014, iniciativas como My Stealthy Freedom utilizaron las redes sociales para documentar la desobediencia al hijab obligatorio, mientras que las llamadas Chicas de la Calle Enghelab llevaron esa protesta al espacio público entre 2017 y 2018.
La muerte de Jina Mahsa Amini, una joven kurda iraní de 22 años, bajo custodia de la policia de la moral en septiembre de 2022 convirtió esa historia de resistencia en un levantamiento nacional. Su muerte desencadenó las protestas de ‘Mujer, Vida, Libertad’ y reforzó la lucha sobre la autonomía de las mujeres en el centro de la discusión internacional.
El cuerpo de las mujeres como campo de disputa política
La reacción ante la carrera también refleja las diferencias existentes dentro del propio poder iraní. Mientras sectores conservadores reclaman una aplicación más estricta del código de vestimenta, el presidente Masoud Pezeshkian ha cuestionado la imposición de la vestimenta mediante la fuerza y ha defendido un tratamiento diferente de la cuestión. Además, ha criticado la actuación de la policía de la moral en el caso de Jina Mahsa Amini.
Sin embargo, reducir la situación a una disputa entre sectores conservadores y reformistas vuelve a invisibilizar a las principales protagonistas. Las mujeres iraníes no forman un bloque político homogéneo, ya que existen mujeres religiosas, conservadoras, reformistas, seculares y feministas con posiciones diferentes sobre el hijab, las libertades sociales y el futuro político del país.
Por ello, también resulta problemático presentar los avances en sus derechos como simples concesiones de un Gobierno. Cuando un Estado modifica una ley después de años de movilización, el decreto puede formalizar el cambio, pero no borra las campañas, protestas, negociaciones y actos de desobediencia que lo precedieron.
Las mujeres han construido y defendido sus propios espacios de lucha, por lo que sus derechos no pueden presentarse como concesiones otorgadas desde el poder. Esta realidad atraviesa la historia de Irán y también la de otros países, donde las mujeres han tenido que organizarse para conquistar derechos que posteriormente fueron reconocidos por las instituciones.
Entre la represión estatal y la instrumentalización internacional
La defensa de las mujeres iraníes también exige rechazar su utilización como argumento geopolítico. Durante años, distintos gobiernos extranjeros han denunciado las restricciones que enfrentan las mujeres en Irán, mientras activistas iraníes han cuestionado que sus demandas sean utilizadas de manera selectiva para justificar intereses externos y discursos racistas.
Esa contradicción volvió a quedar expuesta durante los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán. Mientras algunos discursos presentaron las operaciones militares como una defensa de la libertad de la población iraní, un ataque contra una escuela de niñas en Minab dejó 165 escolares sin vida, según expertos de Naciones Unidas. La diferencia entre condenar la represión ejercida dentro de un país y justificar ataques que afectan a niñas y mujeres plantea una contradicción frente a la defensa universal de los derechos humanos.
La historia de las mujeres iraníes demuestra que sus formas de resistencia fueron construidas mucho antes de que sus luchas fueran incorporadas a discursos internacionales. Defender sus derechos implica reconocer su agencia y cuestionar tanto la coerción estatal como cualquier intento de convertir sus demandas en instrumentos de guerra o de vulneración de derechos humanos.
A lo largo de más de un siglo, las mujeres iraníes han exigido educación, participación política, autonomía y libertad frente a diferentes estructuras de poder, desde la monarquía hasta la República Islámica. Esa historia pertenece a quienes han sostenido esas luchas y no puede reducirse a los intereses de quienes hablan en su nombre.
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