Maryam Aliyawar, una jinete afgana de 28 años, se ha hecho viral por convertirse en jinete profesional y actualmente se entrena en Kazajistán junto con un grupo de cinco personas mientras se prepara para competir en el ámbito internacional. Su trayectoria ocurre en un momento en que las niñas y mujeres afganas continúan excluidas de la práctica deportiva por el régimen talibán.
Maryam Aliyawar: una jinete afgana fuera de su país para poder competir
Su imagen a caballo, sosteniendo la bandera tricolor de la República de Afganistán, representa mucho más que una escena deportiva. También expone la distancia entre las oportunidades que una mujer puede encontrar para desarrollar una carrera deportiva fuera de su país y las restricciones que enfrentan las mujeres bajo el régimen talibán.
La historia de Maryam Aliyawar adquiere especial relevancia porque la equitación tiene una característica poco común en el deporte mundial. En las principales disciplinas reguladas por la Federación Ecuestre Internacional, hombres y mujeres compiten en las mismas pruebas y por las mismas medallas. La propia FEI señala que la equitación es el único deporte olímpico en el que atletas de ambos sexos compiten directamente entre sí en disciplinas como doma, salto y concurso completo.
Para la jinete afgana, competir en igualdad de condiciones con hombres adquiere un significado particular. Fuera de Afganistán puede desarrollar una carrera profesional y prepararse para disputar las mismas pruebas y medallas que otros atletas, mientras que dentro de su país las mujeres y niñas afganas tienen prohibida la práctica deportiva.
Naciones Unidas ha documentado que las autoridades talibanas mantienen la exclusión de niñas y mujeres afganas de los deportes, así como de instalaciones deportivas, gimnasios y otros espacios destinados al ejercicio. Human Rights Watch también ha documentado el cierre de centros de entrenamiento y los casos de atletas que tuvieron que esconderse o destruir uniformes, medallas y otros elementos relacionados con sus carreras.
Algunas deportistas consiguieron salir del país y reconstruyeron sus carreras desde el exilio, como las ciclistas Yulduz y Fariba Hashimi, quienes tuvieron una destacada participación en los últimos Juegos Asiáticos con el respaldo de las personas que las acompañan. Maryam Aliyawar forma parte de esa misma realidad: también tuvo que salir de Afganistán y ahora entrena en Kazajistán junto con personas que apoyan su carrera. Dentro del país, sin embargo, quienes ayudan a las niñas y mujeres a practicar deporte también pueden enfrentar sanciones, incluidos entrenadores, dueños de gimnasios y hombres que permiten su participación.
El deporte como espacio de igualdad que el régimen cerró
La equitación internacional ofrece un contraste particularmente significativo ya que durante buena parte de su historia moderna, las competencias ecuestres estuvieron vinculadas a estructuras militares y predominantemente masculinas. Las mujeres comenzaron a participar en las disciplinas olímpicas ecuestres en 1952, inicialmente solo en doma, mientras que su incorporación al concurso completo llegó en 1964. Desde entonces, las atletas han conquistado títulos olímpicos y mundiales compitiendo directamente contra hombres.
La FEI sostiene que el desempeño ecuestre no depende de una ventaja física basada en el sexo, sino de la relación entre la persona y el caballo, además de la técnica, el control y la comunicación. Esa estructura permitió que la equitación se convirtiera en uno de los pocos espacios deportivos internacionales donde mujeres y hombres compiten bajo las mismas reglas.
La participación afgana en los VI Juegos Nómadas Mundiales, celebrados en Kirguistán del 31 de agosto al 6 de septiembre de 2026, añadió otra dimensión a esta discusión. La delegación afgana bajo el régimen talibán acudió al encuentro internacional, pero solamente hombres mientras que en el mismo evento participaron mujeres de decenas de países en disciplinas ecuestres tradicionales.
En tiro con arco a caballo de estilo kirguís participaron 45 mujeres procedentes de 32 países, además de 72 hombres de 33 países. Las participantes compitieron a caballo mientras disparaban contra objetivos durante el recorrido, demostrando que las disciplinas ecuestres tradicionales tampoco son inherentemente incompatibles con la participación femenina.
La participación de atletas vinculados a las autoridades talibanas también plantea preguntas sobre quién puede representar internacionalmente a Afganistán. En los Juegos Asiáticos de Aichi-Nagoya 2026 no participaron atletas enviados por el régimen talibán, aunque sí compitieron deportistas afganos en el exilio. En contraste, en los Juegos Nómadas Mundiales, celebrados en Kirguistán, el equipo nacional masculino de buzkashi viajó a Kirguistán con 10 jinetes y un entrenador. El conjunto perdió 4-1 ante Uzbekistán y después se negó a disputar su encuentro contra Mongolia. La Federación de Buzkashi de Afganistán atribuyó la decisión a la falta de caballos adecuados para sus jinetes.
La diferencia resulta significativa. Mientras deportistas hombres vinculados a la estructura deportiva afgana conservan vías para participar en competencias internacionales, las mujeres y niñas permanecen excluidas del deporte dentro del país. No se trata solo de qué disciplina practican, sino de quién tiene permitido entrenar, competir y representar a Afganistán en el exterior.
Una historia de resistencia afgana
Maryam Aliyawar representa una historia individual, pero su recorrido ocurre dentro de una realidad colectiva. Una mujer que entrena fuera de Afganistán mientras otras deportistas permanecen ocultas, abandonan sus carreras o buscan refugio muestra hasta qué punto el derecho al deporte está relacionado con derechos más amplios como la libertad de movimiento, la educación, la autonomía y la participación en la vida pública.
El deporte no debería convertirse en un privilegio condicionado por el género ni en una herramienta para excluir a las mujeres de la sociedad. Si una joven debe salir de su país para poder montar a caballo y perseguir una carrera deportiva, la pregunta no debería ser únicamente hasta dónde llegará Maryam Aliyawar, sino qué tendría que cambiar para que las niñas y mujeres afganas puedan volver a competir en su propia tierra sin tener que elegir entre sus derechos y su seguridad.
La historia de Maryam Aliyawar merece ser contada no como una excepción exótica, sino como parte de una resistencia más amplia. Porque las mujeres afganas no necesitan que el mundo hable por ellas, sino que sus derechos sean reconocidos, sus voces escuchadas y sus espacios recuperados.
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