Fariba Hashimi, ciclista afgana de 23 años, ganó el 22 de septiembre de 2026 la medalla de plata en la prueba femenina de ciclismo en ruta de los Juegos Asiáticos de Aichi-Nagoya, en Japón. La deportista completó los 90.4 kilómetros en 2 horas, 50 minutos y 5 segundos.
Nacida en Maimana, provincia de Faryab, Hashimi compitió representando a Afganistán desde el exilio y consiguió la primera medalla del país en los Juegos Asiáticos desde Busan 2002. También se convirtió en la primera mujer afgana en subir al podio del certamen desde aquella edición.
La plata llegó después de una trayectoria marcada por la clandestinidad, las amenazas y el desplazamiento forzado. Antes de competir en escenarios internacionales, Hashimi tuvo que ocultar que era mujer para poder montar una bicicleta en su provincia natal. Tras el regreso de los talibanes al poder en agosto de 2021 y el endurecimiento de las restricciones contra la participación de las mujeres en la vida pública y deportiva, ella y su hermana Yulduz abandonaron Afganistán con ayuda de la excampeona mundial italiana Alessandra Cappellotto.
El podio en Japón contrasta con la situación de las mujeres que permanecen en Afganistán. Mientras la ciclista afgana competía por una medalla internacional, las autoridades talibanes mantienen medidas que restringen el acceso de mujeres y niñas a la educación, el trabajo, el deporte y otros espacios de participación pública.
Fariba Hashimi: de pedalear en secreto a representar a Afganistán
Fariba se acercó al ciclismo durante su adolescencia junto con su hermana mayor, Yulduz Hashimi. Ambas aprendieron a montar bicicletas prestadas y comenzaron a entrenar y competir de manera clandestina. En Faryab, una provincia del norte de Afganistán con un entorno social conservador, su presencia sobre una bicicleta provocó hostigamiento y agresiones.
Para entrenar sin ser reconocida, Fariba utilizaba ropa masculina y cubría su rostro. Tras su participación en los Juegos Asiáticos, relató que ella y su hermana llegaron a ser atacadas con piedras y botellas mientras practicaban. Para ellas, montar en bicicleta también significaba poder ocupar espacios públicos de los que las mujeres eran excluidas.
En 2022, ya fuera de Afganistán, la ciclista afgana ganó el campeonato nacional afgano de ciclismo en ruta en Aigle, Suiza, en una competencia organizada por la federación afgana que opera desde el exilio. Posteriormente, continuó su carrera en equipos europeos y, en 2024, ganó una etapa del Tour de l’Ardèche y participó en los Juegos Olímpicos de París junto con Yulduz.
El exilio como condición para seguir siendo atleta
La historia de Fariba Hashimi está vinculada a los cambios políticos ocurridos en Afganistán desde el regreso de los talibanes al poder en 2021, cuando las nuevas autoridades comenzaron a imponer restricciones que afectan la educación, el trabajo, la movilidad y la participación de las mujeres en espacios públicos, además de limitar su acceso a las actividades deportivas. Estas medidas forman parte de un sistema de exclusión institucional que ha sido denunciado por organizaciones internacionales de derechos humanos.
Ante estas restricciones, el Comité Olímpico Internacional estableció condiciones para mantener su apoyo al movimiento olímpico afgano, entre ellas garantizar un acceso seguro e inclusivo al deporte para mujeres y niñas. Al mismo tiempo, el organismo ha mantenido mecanismos de apoyo para atletas afganas, incluidas aquellas que viven fuera del país.
Por ello, representar a Afganistán desde el extranjero tiene una dimensión particular para Hashimi, quien compite bajo la bandera de un país al que no puede regresar libremente para desarrollar su carrera deportiva, mientras las autoridades talibanes mantienen medidas que impiden a muchas mujeres practicar disciplinas deportivas.
«Nací en un país donde las mujeres que sueñan son atacadas y estoy muy feliz de haber luchado contra eso».
— Fariba Hashimi
Con estas palabras, Hashimi señala la distancia entre el reconocimiento internacional que ha alcanzado como atleta y las restricciones que enfrentan las mujeres dentro de Afganistán. A través de su carrera, además, ha expresado su deseo de que las próximas generaciones puedan representar a su país sin miedo y de que su medalla contribuya a visibilizar la resistencia de las mujeres afganas.
Una medalla que también abre camino
La plata de Fariba Hashimi merece ser reconocida por su dimensión deportiva, pero también por el camino que representa para tantas mujeres afganas que se niegan a renunciar a sus sueños. Su historia demuestra que, incluso desde el exilio, las atletas pueden seguir representando a su país y ocupando espacios internacionales que les fueron cerrados dentro de Afganistán.
Ese respaldo también debe alcanzar a otras deportistas afganas. Las integrantes del equipo femenino de críquet, que huyeron del país tras el regreso de los talibanes, han pedido al Consejo Internacional de Críquet (ICC) que reconozca a su selección y les permita participar en competencias oficiales. En 2026, el organismo mantuvo un programa para jugadoras afganas refugiadas y comenzó a desarrollar una ruta para su participación en procesos de clasificación.
Celebrar a Fariba Hashimi también significa mirar hacia ellas y sostener sus demandas. Las mujeres afganas no necesitan únicamente aplausos cuando llegan al podio: necesitan oportunidades, reconocimiento y espacios para seguir compitiendo. Apoyar a las atletas afganas es también defender su derecho a practicar deporte, representar a su país y construir su propio futuro.
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