Este 8 de septiembre, Día Internacional de la Alfabetización, me parece importante compartir algunos datos sobre la alfabetización en Afganistán, donde la crisis educativa afecta especialmente a niñas y mujeres: más de 2,6 millones de niñas permanecen excluidas de la educación secundaria y, desde 2022, las mujeres tienen prohibido acceder a las universidades. Cinco años después del regreso de los talibanes al poder, estas restricciones han convertido el acceso al conocimiento en uno de los principales espacios de exclusión y resistencia para las afganas.
La fecha se conmemora desde 1967 para recordar que la alfabetización es un derecho humano fundamental y una herramienta indispensable para construir sociedades más equitativas. Sin embargo, Afganistán atraviesa una crisis educativa que no se limita a las niñas. UNICEF advierte que nueve de cada diez niños afganos de 10 años carecen de habilidades básicas de lectura, debido a la pobreza, el deterioro del sistema educativo y la falta de acceso a una enseñanza de calidad, una situación que las políticas de exclusión de género profundizan.
Alfabetización en Afganistán bajo el apartheid de género
Desde septiembre de 2021, las niñas no pueden continuar la educación formal después del sexto grado, mientras que en diciembre de 2022 las mujeres fueron excluidas de las universidades. A estas prohibiciones se suman restricciones contra docentes mujeres, modificaciones de materias y contenidos educativos, limitaciones en materiales de aprendizaje y obstáculos para el trabajo de organizaciones humanitarias y ONG vinculadas con la educación.
Las consecuencias trascienden las aulas. Al impedir que las niñas continúen estudiando, también se restringen sus posibilidades de acceder posteriormente a la universidad, conseguir empleo, alcanzar independencia económica y participar plenamente en la sociedad. UNESCO ha advertido que, si las restricciones continúan hasta 2030, cerca de cuatro millones de niñas podrían quedar fuera de la educación secundaria.
Para Catherine Russell, directora ejecutiva de UNICEF, cinco años pueden parecer poco tiempo en la historia de un país, pero representan un periodo decisivo en la vida de una niña.
“Un aula ofrece mucho más que aprendizaje. Da a una persona joven una voz y la capacidad de alcanzar todo su potencial. Y ofrece protección contra el trabajo infantil, el matrimonio precoz, la violencia y los abusos. Cuando las escuelas cerraron, esa protección desapareció, precisamente cuando las niñas más la necesitaban”.
La exclusión también tiene un impacto económico. UNICEF estima que las restricciones sobre la educación y la participación laboral de las mujeres generan pérdidas de 84 millones de dólares al año y podrían reducir hasta 2,5 % del PIB a mediano plazo. Al mismo tiempo, el régimen ha solicitado docentes hombres a países como Turquía, Rusia y China, pese a contar con mujeres afganas capacitadas para enseñar.
A ello se suma la transformación de los contenidos educativos y la sustitución de docentes cualificados por personas alineadas con la ideología talibán, en algunos casos sin formación pedagógica. Mientras tanto, las escuelas enfrentan infraestructura precaria y una presión adicional por el regreso de más de 2,7 millones de personas desde Irán y Pakistán desde 2023, de las cuales alrededor del 60 % son niñas, niños y jóvenes.
Escuelas clandestinas y redes de resistencia
Frente a la prohibición, niñas y mujeres afganas han creado escuelas clandestinas, clases en viviendas, redes de aprendizaje, grupos de estudio autogestionados, educación a distancia e intercambio de libros y materiales. En estos espacios, estudiar deja de ser una actividad cotidiana para convertirse en una forma de desafiar las estructuras que buscan limitar su futuro.
Algunas estudiantes incluso reprueban deliberadamente sexto grado para permanecer más tiempo en las aulas, mientras docentes y familias organizan mecanismos para proteger las escuelas clandestinas frente a posibles inspecciones o detenciones. Estas iniciativas no sustituyen el derecho a una educación pública, segura y reconocida, pero evidencian que la prohibición no ha conseguido eliminar el deseo de aprender.
La alfabetización tampoco consiste únicamente en leer y escribir. Permite comprender información, desarrollar pensamiento crítico, conocer derechos y participar en las decisiones de una sociedad. Por ello, restringir lo que las mujeres pueden aprender también limita su autonomía y su capacidad para cuestionar las relaciones de poder.
La crisis educativa, además, se produce en un país donde alrededor del 80 % de las mujeres adultas y el 50 % de los hombres adultos son analfabetos, según datos de Naciones Unidas citados en el marco de la situación educativa afgana. El problema, por tanto, es estructural, pero las restricciones impuestas contra las mujeres agravan de manera particular una situación ya marcada por décadas de conflicto, pobreza y desigualdad.
La exclusión educativa también cruza las fronteras
La defensa del derecho a estudiar tampoco puede detenerse en las fronteras de Afganistán. En Pakistán, la King Edward Medical University, en Lahore, ordenó la expulsión de 20 estudiantes afganos de medicina, incluidas mujeres que se encontraban en etapas avanzadas de su formación, después de una directiva del Consejo Médico y Odontológico de Pakistán que prohíbe la permanencia y nuevas matriculaciones de estudiantes afganos en facultades de medicina.
Para las estudiantes afectadas, la medida tiene consecuencias especialmente graves: regresar a Afganistán significa volver a un país donde las mujeres tienen prohibido acceder a la educación superior y enfrentan restricciones para ejercer profesionalmente.
En Omán, mujeres afganas que habían huido de Pakistán y fueron reasentadas para continuar su educación superior también quedaron en una situación de incertidumbre después de la cancelación de sus becas internacionales tras la congelación de fondos de USAID. Sin recursos para continuar sus estudios, algunas enfrentaron procesos de salida forzada y el riesgo de ser devueltas a Afganistán.
La exclusión tampoco termina allí. En Dubái, autoridades talibanes en el aeropuerto de Kabul impidieron que un grupo de mujeres afganas abordara un vuelo hacia Emiratos Árabes Unidos, pese a que contaban con becas completas para estudiar en la Universidad de Dubái, pasajes y visados. El argumento fue que no viajaban acompañadas por un mahram, un familiar masculino.
En el Reino Unido, el llamado emergency visa brake, implementado en 2026 para restringir nuevas solicitudes de visado estudiantil de ciudadanos de Afganistán, Sudán, Myanmar y Camerún, ha afectado a mujeres que ya habían conseguido plazas universitarias. Entre ellas se encuentra Aisha Khurram, activista afgana de 27 años que obtuvo una plaza para una maestría en Estudios Diplomáticos en la Universidad de Oxford, pero no pudo ingresar al país debido a las restricciones migratorias.
Estos son algunos de los casos evidencian una paradoja: las mujeres afganas son expulsadas de las universidades por los talibanes y, cuando consiguen escapar y continuar sus estudios en el extranjero, pueden encontrar nuevas barreras económicas, migratorias o administrativas. En ambos escenarios, el resultado es la interrupción de sus proyectos educativos.
Defender la educación es defender la autonomía
La alfabetización en Afganistán no puede analizarse únicamente como un problema educativo. Cuando un régimen decide quién puede estudiar, qué puede aprender y hasta dónde puede avanzar académicamente por el hecho de ser mujer, la educación se convierte en un campo de disputa política. Negar el conocimiento significa también restringir oportunidades, autonomía económica, participación social y capacidad de decisión.
Las consecuencias alcanzan a toda la sociedad. Las niñas que permanecen fuera de las aulas enfrentan mayores riesgos de trabajo infantil, matrimonio, violencia y dependencia económica, mientras Afganistán pierde a las futuras maestras, médicas, investigadoras, periodistas y profesionales que podrían contribuir a sus comunidades.
Las mujeres y niñas afganas no deben ser reducidas a la condición de víctimas. Son también sujetas de resistencia que crean escuelas, enseñan, organizan redes de aprendizaje y sostienen sus proyectos educativos pese a las amenazas. Su lucha demuestra que cerrar una escuela no basta para apagar el deseo de aprender.
Este Día Internacional de la Alfabetización, Mujer Azadi e Historiente nos sumamos a la conversación sobre la alfabetización en Afganistán para visibilizar una realidad que no puede quedar en silencio.
Mientras el régimen talibán continúe imponiendo barreras para que niñas y mujeres puedan leer, escribir, estudiar, pensar y decidir sobre su futuro, seguiremos señalando estas políticas y sus consecuencias, al tiempo que exigimos a la comunidad internacional actuar para defender su derecho a la educación y evitar que su exclusión sea normalizada.
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