Se ha vuelto a viralizar el video de dos hermanas afganas que cantan bajo una burka como acto de resistencia frente al apartheid de género impuesto por el régimen talibán, que mantiene a millones de mujeres privadas de sus derechos fundamentales.
En Kabul, dos hermanas afganas, cuyas identidades permanecen protegidas por motivos de seguridad, transformaron el miedo en una forma de protesta al fundar el movimiento musical La Última Antorcha, apenas unos días después del regreso del Talibán al poder en agosto de 2021. Mientras las nuevas autoridades endurecían las restricciones contra las mujeres, ellas comenzaron a interpretar canciones cubiertas con una burka azul y a difundir sus videos en redes sociales, desafiando un sistema que criminaliza tanto la voz femenina como la música.
Lo que comenzó como un gesto de resistencia pronto se convirtió en un símbolo de esperanza para miles de mujeres dentro y fuera de Afganistán. Sin formación musical profesional y conscientes de que cada publicación podía poner en riesgo sus vidas, las hermanas recurrieron a canciones, poemas y composiciones propias para denunciar la persecución contra las mujeres, la prohibición de la educación femenina y el encarcelamiento de activistas.
Su historia, documentada por la BBC en 2024 y 2025, demuestra que, incluso bajo uno de los regímenes más represivos del mundo, persisten formas de resistencia capaces de desafiar el silencio impuesto por el miedo.
Resistencia de las hermanas afganas
Las integrantes de La Última Antorcha eligieron cubrir completamente su identidad con la misma burka azul que el régimen exige a miles de mujeres. Lo que para el régimen talibán representa un instrumento de control, ellas decidieron transformarlo en un símbolo de desafío político.
Inicialmente interpretaron poemas de escritores afganos, entre ellos textos de Nadia Anjuman, poeta asesinada en 2005 y considerada uno de los mayores símbolos de la resistencia cultural femenina en Afganistán. Durante el primer régimen talibán, Anjuman asistía clandestinamente a reuniones literarias disfrazadas de talleres de costura, donde las mujeres leían libros y escribían poesía mientras fingían coser para evitar represalias.
Con el paso del tiempo, las hermanas afganas comenzaron a escribir sus propias letras porque, según explicaron, ya no existían poemas capaces de expresar el dolor que estaban viviendo. Sus canciones abordan la prohibición de estudiar, la persecución de activistas, las detenciones arbitrarias y la pérdida de libertades que atraviesan millones de mujeres afganas desde 2021.
Poema y canción de «The Last Torch» para las mujeres que resisten al Talibán en Afganistán.
Oh, tu suspiro, más abrasador que el suspiro de esta época cruel.
Tu resistencia es hermosa en el clamor de una mujer.
No vaciles, no entregues a otro la página del destino,
aunque te llamen «solo una mujer».
Aunque hayan borrado los siete colores de tu apariencia,
eres la luz escondida apartada por las tras flechas del mundo.
Portadora de fuego, hija de Oriente incendia los horizontes.
¡Bravo! ¡Qué fuego, qué incendio!– Poema traducido por Arely Berenice Moreno
La decisión de cantar implicó desafiar dos prohibiciones al mismo tiempo. El régimen talibán no solo restringe la presencia pública de las mujeres y sus voces, sino que además considera que la música desvía a la población de las obligaciones religiosas. Tras recuperar el poder, las autoridades sustituyeron el antiguo Ministerio de Asuntos de la Mujer por el Ministerio para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio, encargado de supervisar el cumplimiento de sus normas morales.
Desde entonces se han difundido imágenes y videos de instrumentos musicales destruidos, estudios clausurados y músicos humillados públicamente. En ese ambiente, las hermanas afganas comenzaron a recibir amenazas en redes sociales donde usuarios afines al régimen advertían que, una vez identificadas, «sabrían cómo quitarles la lengua». El temor obligó finalmente a ambas a abandonar Afganistán, aunque continúan produciendo nuevas canciones desde el exilio.
Paradójicamente, la represión terminó multiplicando el alcance de su mensaje. Mujeres afganas comenzaron a grabar versiones de sus canciones ocultando también su identidad bajo la burka, mientras estudiantes refugiadas en distintos países organizaron interpretaciones colectivas en auditorios universitarios. La estrategia diseñada para silenciar terminó convirtiéndose en un vehículo para amplificar la protesta.
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